Entrevista incompleta a Pedro Sánchez

Lo que a continuación se detalla son las preguntas que me gustaría hacerle al Presidente del Gobierno si tuviera la oportunidad y me prometiera decirme sólo tres cosas: la verdad, “no puedo compartir esta información con usted” o “no lo sé”. Está incompleta porque faltan sus respuestas.

  • ¿Cómo se encuentra?
  • ¿Cómo está Carmen Calvo?
  • A principios de febrero se anunció que presidiría el Comité de Coordinación Interministerial frente al coronavirus. ¿En qué ha consistido exactamente la labor de este comité?
  • Tanto usted como sus ministros hacen referencia constante a que en todo momento han seguido los consejos de “los expertos y los científicos” en su gestión de la crisis del COVID-19. ¿Podría decirme exactamente quiénes forman parte de ese grupo de expertos y desde cuándo les asesoran? ¿Son estos? https://www.elmundo.es/cronica/2020/04/12/5e91c0b321efa06e5f8b4578.html
  • Dado que el comité del enlace anterior se formó el 21 de marzo, ¿quién le asesoraba antes?
  • La OMS alertó en febrero de la necesidad de hacer acopio de material para la epidemia. Según algunos medios, el ministro de Sanidad respondió que teníamos suficiente. ¿Es cierto esto último?
  • Si lo es, y dado que por entonces el ministerio de Sanidad no estaba coordinando a las autonomías, ¿de dónde sacó esos datos y quién le asesoró? ¿Consultó con las autonomías para estimar las existencias?
  • ¿En qué momento exacto dejaron de considerar que el COVID era una especie de gripe?
  • ¿Puede usted afirmar categóricamente que el 8-M no influyó en modo alguno en su toma de decisiones? ¿No tenían datos previos a esa fecha que les hicieran pensar al menos en desaconsejar la asistencia a eventos masivos?
  • Algunas de sus ministras más solventes reconocen que “seguro que han cometido errores” sin especificarlos. ¿Podría concretar, a su juicio, cuáles han sido esos errores?
  • ¿El mensaje del Rey fue a petición propia o una idea del gobierno?
  • ¿Por qué han tardado casi un mes en permitir que las preguntas en sus ruedas de prensa dejaran de estar prefiltradas y sin posibilidad de repregunta?
  • ¿No cree que está corriendo un riesgo de desorientar a la población con comparecencias continuas de varios ministros diferentes que dan el mismo mensaje “motivacional” pero se contradicen entre sí en lo puramente informativo?
  • ¿Cree usted, a la vista de los acontecimientos, que el ministerio de Sanidad contaba con los recursos humanos y materiales para hacerse cargo de la compra centralizada de material sanitario? Se lo pregunto porque al final las autonomías han tenido que volver a comprar por su cuenta.
  • ¿A qué llama usted exactamente “bulo”? ¿A un dato erróneo o incompleto o a un dato falso y malintencionado?
  • ¿Es consciente de que en la última sesión parlamentaria tanto usted como su portavoz Lastra dieron algunos datos del primer tipo? ¿Piensan rectificarlos?
  • ¿A qué atribuye que España tenga la tasa más alta del mundo de fallecidos por cada cien mil habitantes?
  • ¿Sabe usted que sólo con los datos oficiales ha muerto ya uno de cada mil madrileños (la cifra real seguramente es mucho más alta)? ¿No cree que un gesto en ese sentido, y más viviendo usted en Madrid, sería bien recibido?
  • ¿Tienen ustedes un análisis pormenorizado de lo que ha ocurrido en las residencias de ancianos y cómo evitarlo en un futuro?
  • ¿Consideraría usted viable técnica y económicamente un sistema nacional de información sanitaria que centralice los datos de las autonomías y permita la monitorización del sistema completo en tiempo real? ¿Contemplan asimismo la posibilidad de tener una reserva estratégica de EPIs y respiradores?
  • ¿Por qué no mira casi nunca al orador en sede parlamentaria cuando se está dirigiendo a usted?
  • ¿Cree usted que la oposición, entendida como el bloque de partidos a su derecha, está haciendo una campaña sistemática en redes para difundir bulos y difamar al gobierno central?
  • ¿Por qué boca habla el PSOE, por la suya – que lanza mensajes de unidad nacional – o por la de Lastra, que hace todo lo contrario tanto en sede parlamentaria como en las redes? ¿Lo ve compatible?
  • Tanto Casado como Arrimadas se quejan de que no habla con ellos ni responde a sus propuestas concretas que teóricamente le han hecho llegar en diversos documentos. ¿Qué hay de cierto en esto?
  • ¿Son los “nuevos pactos de la Moncloa” una iniciativa sincera del ejecutivo? ¿Tiene algún plan para “desinflamar” la relación con el PP antes?
  • Para que se parecieran a los de 1977, necesita usted de VOX y los nacionalismos vasco y catalán. ¿Ve plausible ese apoyo?
  • ¿Qué formación y experiencia en sanidad y macroeconomía atesora Iván Redondo para liderar el “desconfinamiento”?
  • ¿Qué peso real tiene Redondo en la toma de decisiones y en el tipo de mensajes que el gobierno emite?
  • ¿Tendremos en el futuro cercano (centenares de millones de) mascarillas y tests para la población en general? ¿Depende el “desconfinamiento” de esas existencias?
  • ¿Qué estimación manejan de los efectos económicos de la recesión que viene a continuación de la crisis sanitaria y del dinero extra que necesitarían las arcas públicas?
  • ¿Qué opciones reales contemplan de que la ayuda económica que pueda llegar de la UE sea incondicional?

El precio de la grandeza

“The price of greatness is responsibility.” (Winston Churchill)
 “If you can’t stand the heat, you’d better get out of the kitchen.”   (Harry S. Truman)

 

Esto que estoy a punto de escribir no va dirigido al gobierno español (o a los autonómicos). Va dirigido a todos los que ven la vida a través de un embudo, a los que confunden lealtad con ausencia de crítica, a los que justifican en los suyos lo que en modo alguno consentirían en los adversarios y, en general, a los que miran desde una autoasumida superioridad moral a los que manejan datos que ellos ignoran porque no se han preocupado de obtenerlos o por haberlos descartado. Y de entre estos, especialmente a los que además son comunicadores profesionales.

En mi cuenta de Twitter me esfuerzo por ser lo más respetuoso posible con las personas y leal con las autoridades e instituciones, especialmente en tiempos difíciles. Lo hago porque es mi forma de ser y también por ahorrarme discusiones, aprecio mi tiempo. No encuentro valor social ni informativo alguno en meterme en una trinchera, prefiero la tierra de nadie que – como la crucifixión – al menos es al aire libre. Lo cual no quita que, por supuesto, sea consciente de mis sesgos, que los tengo como todo el mundo, pero al menos me esfuerzo sinceramente en apartarlos antes de opinar.

Al grano. A un gobierno hay que pedirle cuentas tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer. Es lo que los anglosajones llaman “accountability” y que cualquiera que trabaje en una empresa sabe en qué consiste; un jefe no puede decir “yo no lo sabía” o “esto lo ha hecho un subordinado, no yo”: cobra por la responsabilidad, que no es exactamente lo mismo que la culpa pero se le parece.  En el caso de la pandemia, el argumento de “no se podía saber” (antes del 8 de marzo) no se sostiene y voy a tratar de explicar por qué. Llamadme “capitán a posteriori” si os place.

Primero y principal: es cierto que la mayoría de la población – no toda, porque simplemente sin salir de Twitter bastante gente venía avisando – no le dio mayor importancia a lo del coronavirus hasta marzo, aunque el primer caso en España es del 31 de enero. La OMS, a su vez, ya llevaba muchas semanas en modo alarma. En cualquier caso, y ahí es donde voy, los ciudadanos asumimos que los gobiernos manejan más información que el tuitero medio, ya que de no ser así se nos abre un abismo de horrores infinitos. Con la experiencia de China e Italia uno TIENE que creer, por su propia cordura, que el gobierno de España sabía lo que se le podía venir encima pero no había considerado necesario TODAVÍA tomar medidas drásticas. Pero si lo que explicara el error de “timing” fuese la falta de información entonces es muchísimo peor. Eso de argumentar que siempre han hecho caso a “los científicos” ¿qué quiere decir exactamente? ¿A qué científicos? ¿A los que tenían a mano? ¿A la OMS? ¿A los italianos, a los chinos? ¿Debo creer que los tuiteros que venían diciendo desde mucho antes de marzo que la cosa no era una gripe manejan más y mejor información que mi gobierno? ¿Hay que asumir que nadie estaba haciendo un seguimiento al minuto de lo que estaba pasando en Italia, y no digo China porque está más lejos y es un gobierno más opaco? ¿Debo, en definitiva, pensar que no hay nadie en las alturas ministeriales o en el entorno de Moncloa que sepa interpretar una progresión geométrica?

Por tanto, la primera elección que tiene usted que tomar es decidir si el gobierno sabía (malo) o no sabía (malísimo). Voy a optar por la opción menos mala de las dos y asumiré que el gobierno “sabía” pero aún no había considerado que fuera el momento de tomar medidas contundentes, que esperaba que no fuera necesario llegar a esos extremos o simplemente minusvaloró la amenaza. A la luz de lo ocurrido en China e Italia hay algo que podría haber hecho sin alarmar a la población y algo que podría haber dejado de hacer por responsabilidad:

  1. Avisar a las autonomías de que fueran haciéndose con stocks de EPIS y respiradores, por lo que pudiera pasar, y pensando en planes de contingencia en un supuesto de saturación de camas UCI. Esto desde que en Italia empezaron con los confinamientos en ciertas zonas, al menos.
  2. Ya que no disuadir – por no crear alarma – al menos no animar a participar en eventos multitudinarios el fin de semana del 8M. Repito, el ciudadano de a pie no tiene por qué saber más que el gobierno y si mi gobierno anima a manifestarse el 8M estoy en mi derecho a asumir que puedo ir al fútbol o a un concierto.

Y sí, hay algo que me parece de justicia: dado que las competencias sanitarias están transferidas a las autonomías, el punto 1 también era exigible a las administraciones regionales. De hecho, algunas lo hicieron. Y otras estaban pidiendo al gobierno medidas más contundentes porque ya le estaban viendo las orejas al lobo. Sin embargo, y siempre atendiendo a las voces oficiales, la situación cambió precisamente la noche del domingo 8. También es mala suerte.

Doy un paso más: aún asumiendo que el punto 1 no se hizo ni el punto 2 se dejó de hacer porque honestamente no se consideró necesario “a priori”, una disculpa sí hubiera estado bien “a posteriori”. En definitiva: o “no sabían” y deberían haber sabido, o “sabían” y deberían haber actuado. Sin embargo, cualquier crítica se rebate como una falta de lealtad. No. La falta de lealtad estaría en negarse a echar una mano, no en señalar lo que no se hizo bien. Y sí, puedo estar de acuerdo que ahora no es el momento de depurar responsabilidades, pero haberlas, haylas.

Por último: desde el momento en que se declara el estado de alarma y el gobierno central toma explícitamente el control total pasa a ser responsable de todo lo que ocurra a continuación.  Por tanto, cualquier problema, en cualquier punto de España, desde el 14 de marzo es responsabilidad última del gobierno (aunque no sea “culpa del gobierno”). El problema más evidente es que la coordinación de la compra de materiales está siendo mejorable (primero se quiere centralizar la compra, después se da vía libre de nuevo a las autonomías, ahora en teoría están comprando tanto gobierno central como autonomías más UE; mientras tanto, montones de empresas y particulares están fabricando mascarillas o batas por su cuenta, aparentemente sin coordinación). Lo cierto es que a fecha de hoy faltan EPIS, tests y respiradores. Igual dentro de dos semanas sobran. Hoy no.

Puedo jurar sobre la Biblia que diría exactamente lo mismo que estoy diciendo si gobernara la derecha. Que me crean o no ya no depende de mí. Y ya que hablamos de la derecha, no está de más recordar que los mismos “comunicadores” que están en las redes llamando “capitán a posteriori” al que dice lo que yo acabo de escribir son los mismos que animaban a echarse a la calle cuando lo del Ébola (donde murió un perro, en total, sin contar a los misioneros que a mucha gente le importaron menos que el perro). No están en disposición de dar lecciones. De la misma forma, también me parecen completamente fuera de lugar las críticas desde el lado contrario que tachan al gobierno de “asesino”.  No, hijos míos, el asesinato es otra cosa. A esto, si quieren, se le puede llamar incompetencia, en el grado que ustedes estimen oportuno. Asesinato, no. Es más, sospecho que si Pedro Sánchez hubiera sabido lo que se le venía encima habría configurado el consejo de ministros de otra manera. Pero ahora tiene que arar con los bueyes que hay. Por el bien de todos, espero que acierten, aunque sea “a posteriori”.

Me gustaría creer que de este desastre saldremos con algunas lecciones aprendidas. La primera, que hacen falta perfiles más técnicos y menos políticos. La segunda, tener mecanismos de coordinación nacional sanitaria claramente establecidos, bases de datos comunes entre autonomías y un stock estratégico de materiales para emergencias. Y la tercera, y esa creo que ocurrirá, que los ciudadanos nos hagamos conscientes de lo frágil y valiosa que es la “vida normal”. Y que no se nos olvide al cabo de un mes, claro.

 

 

Melancolía de un ciudadano español

Debo confesar mi desasosiego cuando asisto a debates o polémicas sobre temas políticos o sociales en España y veo que la mayoría sigue tratando de encuadrarlos – y encuadrarse – en términos de izquierda/derecha. En mi opinión, sólo hay una línea divisoria realmente importante que estaría en otro plano completamente diferente y es el que de verdad debería preocuparnos: ¿qué propuestas giran en torno al ciudadano individual y cuáles alrededor de identidades colectivas? Para mí esa es la madre del cordero. La etiqueta sobrevenida posteriormente me la trae por completo al pairo. Miren ustedes: tal y como yo lo entiendo, un estado de derecho consolidado debe siempre poner su centro en el ciudadano, como sujeto de derechos y obligaciones, y punto. Por tanto, ante cualquier cuestión, mi única pregunta es: ¿esto cómo me afecta a mí como ciudadano individual, en qué me beneficia y a qué me obliga? Y es una pregunta que conviene hacerse de vez en cuando.

Con la turra inacabable del “procés” catalán lo más desasosegante no es que dos millones de catalanes y sus dirigentes hayan desconectado de este principio básico sino que lo haya hecho aparentemente una buena parte de la izquierda nacional o al menos sus actuales líderes. Que la única conclusión provisional de la “mesa de diálogo” extraparlamentaria sea que la culpa fue de la derecha nos devuelve al mismo punto en que estábamos en 2017. Mi duda es: ¿creen de verdad el PSOE y UPs que el problema catalán es culpa de la derecha? Si lo piensan sinceramente no han comprendido nada; si es sólo una estrategia política están jugando con fuego.

Hay un lugar común relativamente extendido en la izquierda por el que cualquier tendencia centrífuga se asimila como progresista por defecto y el que se opone a ella como reaccionario. Ya no hablo de Cataluña: hablo de Baleares, de Valencia, del País Vasco, de Galicia, de cualquier aldea que contrapone “lo propio” contra “lo de fuera”. Especialmente si “lo de fuera” es España o “Madrid”. Y parecen no entender que los que nos oponemos a meter en España en una batidora de identidades no lo hacemos – en general – por tener un concepto monocolor de lo que España es sino por estrictas razones de ciudadanía. Sí, lo de “ciudadanos libre y iguales” antes de que el eslogan se lo apropiara Ciudadanos (partido) y Ciudadanos fuera amortizado como “nacionalista español”.

Hablaré en primera persona: me opongo radicalmente al nacionalismo periférico no porque le quiera contraponer un nacionalismo españolista o uniformador sino porque considero mis derechos y obligaciones de ciudadano innegociables. Y esos derechos me los confieren las leyes, las mismas leyes que me obligan; esas leyes que me comprometen y al mismo tiempo me protegen emanan de una soberanía conjunta, que es española y no regional. Si alguien quiere trocear esa soberanía antes hay que cambiar la ley según la propia ley estipula y si no lo hace los jueces están obligados a actuar, aunque a eso se le llame “judicializar la política” o “politizar la justicia”. Saltarse todo eso fue lo que hizo el independentismo catalán en 2017 y el que crea que esa responsabilidad puede diluirse de alguna manera en una especie de culpa primigenia de la derecha o no se ha enterado de nada o es un felón. Igual de nacionalista que Puigdemont era Ibarretxe pero el segundo siguió el procedimiento (y perdió pero no se declaró en rebeldía). Con la diferencia añadida – a su favor – de que por entonces ETA mataba gente semana sí semana también y alguien podría pensar con sinceridad que a ETA no se la podía derrotar.

La Constitución no está escrita en piedra, no son las tablas de la ley mosaica que haya que guardar en ningún arca de la alianza. Vale. Pero tampoco tiene puerta de atrás. La famosa “seguridad jurídica” de la que hablan en el primer documento de la “mesa” es una forma deliberada de evitar decir “marco constitucional”. Y lo siento en el alma pero con estas cosas no se juega. No hay acuerdo de gobernabilidad o presupuestos generales del estado que justifiquen ese precio. Aunque sea un farol, porque el lenguaje se empieza subvirtiendo y termina provocando cambios reales. Sobre todo teniendo en cuenta que en esa “mesa” está sentada la cúpula del gobierno español y encima asumiendo algo que fue anulado por el TC en la famosa sentencia del Estatus: la bilateralidad.

Cada vez que saco este tema en Twitter siempre hay el que me responde que el estado nazi también tenía leyes y estas leyes eran injustas. Habría que empezar por aclarar que Hitler subió al poder legalmente y se lo quedó enterito ilegalmente. Y luego continuar con otra aclaración: lo que determina la legitimidad de un régimen democrático no es cómo dicho régimen se vea a sí mismo sino cómo te reconozcan el resto de países. Por eso España está en la UE y Turquía no. Por eso España se considera según las organizaciones internacionales una democracia plena y Venezuela no.

Creo sinceramente que lo que hace que un país funcione no tiene nada que ver con las identidades de cada cual, ni con que esté más o menos descentralizado, ni con los sentimientos de cada ciudadano particular. Tiene que ver con la eficiencia y con el respeto a la ley. Habrá problemas que se traten más eficazmente desde los ayuntamientos, otros desde las regiones y otros desde el gobierno central. Quién tenga una transferencia concreta es lo de menos siempre y cuando haya una lealtad institucional y una financiación adecuada. Es más fácil que la farola de la calle me la arregle mi ayuntamiento y para gestionar un trasplante es más eficaz que haya una coordinación nacional. Si yo viviera en Mallorca me preocuparía más si el cirujano que me va a operar es buen médico que si habla mallorquín o sólo español, por poner un ejemplo. Y si por razones de trabajo yo tuviera que emigrar a Barcelona, preferiría no tener que pagar yo de mi bolsillo una educación en castellano para mis hijas. Llamadme facha.

Lo importante es que el ciudadano reciba los mismos servicios con independencia de su lugar de residencia e – idealmente – que cada servicio en concreto se lo proporcione la administración que pueda gestionarlo más eficientemente. Qué administración en particular lo haga a mí me importa un comino. Pero, ojito: que todos los ciudadanos tengan derecho a los mismos servicios también es una cuestión de redistribución de riqueza y esa sólo puede garantizarla globalmente la administración central. Que es exactamente lo que ocurre con los impuestos entre ciudadanos con diferente nivel de renta. Asimismo, garantizar esos servicios tiene costes y connotaciones diferentes en regiones poco habitadas y otras saturadas, en ciudades y en pueblos, en la península y en las islas, y todo eso debe tomarse en cuenta a la hora de distribuir los recursos.

Por tanto, el debate sobre las “balanzas fiscales regionales” es falaz.  Que las regiones con mayor nivel de renta “aporten más” sólo quiere decir que los sueldos de sus habitantes son más altos y que tienen más y mejores empresas. El mero hecho de que las empresas coticen “desde” una región concreta sólo indica dónde tienen la sede y no dónde generan su negocio, entre otras cosas porque en un país ya provecto como el nuestro la estructura económica de las regiones hay que analizarla en conjunto. Que en Extremadura haya menos empresas per cápita que en Madrid no es un demérito extremeño ni una virtud madrileña. Por tanto la pregunta es si nos parece bien que haya redistribución de la riqueza o no.

La única excepción a este caso son los regímenes forales, donde la aportación se calcula mediante un cupo. Un cupo que – oh, casualidad – no nos sale muy a cuenta al resto de españoles pero – y esto no es baladí – nos ha garantizado mal que bien una cierta paz social desde que ETA terminó. Que el PNV no se haya echado al monte como los procesistas catalantes tiene mucho que ver con que económicamente les va muy bien con el actual sistema. Puede que sea un precio que merezca la pena pagar (es discutible, lo sé, pero hablo desde el pragmatismo), teniendo en cuenta además que el tamaño de las economías vasca y navarra hace que ese precio sea asumible. Con Cataluña no lo sería. Aparte de que creo que ya hemos pasado esa casilla hace años.

En definitiva: esto no va de progresismo contra caverna. Esto va de ciudadanía. Con la mía no permito que se juegue, si en mi mano está. Si esto me convierte en “nacionalista español”, sea. Pero sería mentira.

Autoentrevista climática

Loretta me cita en el cuarto del ordenador, donde la veo escribiendo en WordPress.

– Yo: Sabía que le encontraría aquí.

– Loretta: Es lo que viene siendo encontrarse con uno mismo, algo que está muy valorado hoy en día.

Nos reímos los dos de la tontuna y tenemos que parar la entrevista.

– Bueno, que vengo a entrevistarle para que me hable del cambio climático.

– ¿Yo? ¿Y eso por qué?

– Porque le leo en Twitter y tengo la sensación de que es usted una negacionista.

– ¿Lo dice porque hago chistes de Greta?

– Bueno, eso es la punta del iceberg, pero leyendo un poco entre líneas y tuits se puede deducir astutamente que algo de eso hay.

– Se podría deducir, no se lo discuto.

– Entonces procede que se explique. Primera pregunta: ¿se considera negacionista del cambio climático?

– No. El problema es que hoy en día se llama “negacionista” a cualquiera que no compre el paquete completo. Y es cierto que yo no lo compro.

– Explíquese usted.

– El paquete completo vendría a ser lo siguiente: el planeta lleva décadas calentándose, la causa es (exclusivamente) la emisión de gases de efecto invernadero de origen antropogénico, las consecuencias serán catastróficas (hay quien dice que en 12 años se acaba la vida del planeta tal y como la conocemos) y la solución pasa por eliminar cuanto antes todas las fuentes de energías no renovables. Y cualquiera que ponga en cuestión algún elemento de la lista sólo puede ser un indocumentado, un malvado o alguien a sueldo de las petroleras. Bueno, si ese es el paquete, yo no lo compro tal cual.

– Vayamos por partes, aprovechando que estudiamos una ingeniería informática y se nos da bien esto de descomponer un problema en trozos manejables. ¿El planeta se está calentando?

– Si recuerda usted la noticia reciente de que julio 2019 había sido el mes más caluroso del que había registros y le dio por abrirla, se hablaba de un aumento de la temperatura media anual en torno a un grado (depende de la fuente) en relación a 1880. Por tanto: sí, creo que el planeta se está calentando.

– Segundo punto: la causa serían las emisiones de CO2 – principalmente – causadas por el hombre en la era industrial. 

– Este punto ni lo niego ni lo afirmo. Me parece plausible, pero no podemos olvidar que el clima en la Tierra cambia constantemente, con nosotros en el planeta y millones de años antes de que apareciéramos. El clima en tiempo de los romanos no era el mismo que en la Edad Media, ni en la pequeña edad del hielo posterior que llegó hasta el siglo XIX. El mero hecho de que debajo de los glaciares que se han descongelado aparezcan personas o utensilios de hace miles de años indica algo muy fácil de entender: entonces no había un glaciar ahí. Por tanto, creo que la evolución del clima en el largo plazo hay que verla con una perspectiva más amplia.

– Pero estaremos de acuerdo en que el consenso científico apunta a las emisiones de gases de efecto invernadero como la causa de la evolución de la temperatura en el último siglo.

– “Consenso” es la palabra que usa la ciencia para decir “a día de hoy es lo que nos parece más probable”. El “consenso científico” hasta el siglo XIX atribuía cualidades sanadoras al sangrado de los enfermos. El “consenso científico” aseguraba que el sol y los planetas orbitaban en torno a la tierra hasta Galileo, Kepler, Copérnico y compañía. Cuando la ciencia tiene evidencias irrefutables deja de haber consenso y empieza la ciencia a secas. Dicho lo cual, y aunque manejo datos un poco antiguos (un paper que leí hace unos años y que ya no está disponible, lo digo a modo de disclaimer): los gases que provocan el efecto invernadero suponen en torno al 1-2% de la atmósfera; de ese porcentaje, el 95% es vapor de agua y sólo el 3,62% es CO2; de ese 3′62%, los humanos contribuimos con un 3,4% y el resto lo pone la Naturaleza (animales, volcanes, actividad biológica de los océanos, putrefacción de las plantas, etc). Resumidamente: si estos datos son correctos, el hombre contribuye aproximadamente con el 0′28% del total de gases de efecto invernadero (en cualquier caso, un porcentaje muy pequeño). Dado que el clima es un sistema intrínsecamente caótico, es posible que el aumento en nuestra contribución sea suficiente para provocar el calentamiento. No lo descarto, pero no lo afirmaría como puedo afirmar que la Tierra es definitivamente redonda.

– Aquí procede una objeción seria: lo importante no es la emisión bruta sino el balance neto, o sea, si la aportación humana está haciendo que las ppm (partes por millón) de C02  en la atmósfera aumenten, y todo apunta a que sí.

– Es cierto. Y eso es un argumento de peso que hay que considerar, pero entonces hay que asumir que la aportación neta de la naturaleza es constante y me parece mucho suponer. En cualquier caso, no sólo hay que tener en cuenta las emisiones sino los sumideros (por ejemplo, la masa vegetal producida por la agricultura o la reforestación). Es más, creo que la mejor manera de neutralizar esta aportación neta humana es concentrarse en los sumideros, luchando sobre todo contra la desforestación, aunque también actuemos sobre las emisiones. Pero migrar de energía fósil a energía completamente renovable, con la tecnología actual, no puede hacerse sino muy progresivamente y teniendo en cuenta las consecuencias económicas. La economía también es un sistema caótico. Y para ciertos problemas – como el transporte aéreo – a día de hoy no hay alternativas.

– ¿Fuera de ese “consenso” que ha citado qué hay?

– Hay bastantes científicos que para empezar tienen problemas para expresar opiniones contrarias, incluyendo las esferas académicas. Por supuesto, son fácilmente desactivados como gente “a sueldo”. Un ejemplo de un paper que no es “negacionista” (como yo, no discute el aumento de temperatura) es este. Hay climatólogos que opinan que hay una correlación más fuerte entre la temperatura y la radiación solar recibida por el planeta que con la cantidad de CO2 en la atmósfera. Y en términos anuales, influyen mucho más fenómenos como la corriente de “El Niño”. Es más, hay científicos que consideran que en el largo plazo estamos en un periodo entre glaciaciones. Pero quede claro que yo ni confirmo ni desmiento tampoco, entre otras cosas porque si no hay unanimidad entre los climatólogos figúrese que autoridad intelectual tengo yo: cero. Pero si yo – que tengo una ingeniería y bastantes lecturas a mis espaldas- no la tengo, figúrese la que tiene Greta.

– Bueno, podría tener una cierta autoridad moral.

– Greta tiene todas las papeletas para ser un juguete roto dentro de unos años. El hecho de ser una adolescente no le confiere autoridad moral ninguna. Y evidentemente su agenda se la marca otra gente, empezando por sus padres. Ellos verán. Yo desde luego no le atribuyo autoridad moral a nadie por el mero hecho de que sea joven y motivada.

– A lo mejor es porque ya está usted mayor y desmotivado.

– A lo mejor. Es algo tan plausible como todo lo que estamos discutiendo.

– Siguiente punto del paquete: “las consecuencias serán catastróficas”. ¿Niega esto?

– Partamos de la base de que, precisamente por ser el clima un sistema caótico, pretender saber cómo se va a comportar a 100 años vista es simplemente imposible. El paper que he citado antes analiza esto en detalle, pero al final lo que se tiene es un rango amplio de pronósticos a los que se asigna una distribución probabilística. Pero cuando se publican noticias por el estilo en prensa el titular siempre habla de la parte peor de la horquilla, aunque el mismo estudio en el que se basa le asigne una probabilidad muy baja. Y eso es lo que se le está quedando a la gente. Con independencia de qué ocurra finalmente, lo que no se puede afirmar alegremente es que pase lo que pase será una catástrofe.

– Ahora me va a citar a Malthus.

– Efectivamente. Malthus predijo que el aumento de la población mundial provocaría un colapso generalizado de recursos y desgracias sin cuento. Pero Malthus no tuvo en cuenta que la tecnología evoluciona y el hombre se adapta. Y resulta que ahora mismo producimos mucho más alimentos por hectárea que hace 50 o 100 años. El hambre en el mundo – esto a los agoreros no les mola – disminuye consistentemente año tras año, igual que aumenta la esperanza de vida o la renta per cápita. Cuando Malthus vivía, un parto tenía un riesgo altísimo y la mitad de los niños morían antes de los diez años. Por tanto: yo no sé cómo será el clima en 2050, pero tengo una razonable confianza de que el hombre sabrá adaptarse a las circunstancias. Que el planeta también lo hará lo doy por descontado, porque lleva millones de años haciéndolo.

– Aunque el nivel del mar suba un metro.

– El mar no es una bañera, pero aun suponiendo que lo fuera, habría que ver la afección en sitios concretos. Un tercio de Holanda está bajo el nivel del mar y ahí siguen los tíos. Ojo, con esto no quiero minimizar el posible problema, digo que no tiene por qué ser catastrófico. Por otro lado, un clima más benigno en ciertas zonas también puede tener consecuencias favorables para la agricultura, la fauna y la flora; que otras zonas empeoren iría en el lote. Pero el balance general no necesariamente tendría que ser peor, como no lo es el actual si lo comparas con la Edad del Hielo. Dicho de otra forma: considerar que el clima del siglo XIX es el único estado ideal del sistema y que apartarnos de él es necesariamente catastrófico no deja de ser una conjetura que va en contra de la propia historia climática reciente del planeta.

– Esta usted en el buenismo climático.

– Llámalo equis. Ojo, que yo podría estar radicalmente equivocado y en realidad estemos a medio viaje de avión de que el sistema caótico de marras se desequilibre y se desate el apocalipsis, pero honestamente lo veo improbable.

– Bueno, cuarto punto: hay que acabar cuanto antes con todas las fuentes de energía con emisiones y pasarnos a las renovables.

– Estoy de acuerdo con la foto final pero no estoy de acuerdo en la forma en que esto se está trasladando a los medios y ocupando la vida política. Me explico: idealmente, si pudiéramos producir toda nuestra energía utilizando sol, viento y agua esto es preferible a la quema de combustibles, del tipo que sea. Ahora bien, venderle a la población que eso es posible en el corto plazo es mentirles. Y eso es lo que me solivianta del caso. A día de hoy el problema es que sigues necesitando un sistema de producción eléctrica de respaldo porque todas esas fuentes alternativas dependen de la climatología. España, entre otros países, hay días que durante periodos largos es capaz de cubrir casi todo su consumo con renovables, pero la mayor parte del tiempo no. Y esto no es una cuestión de poner más molinos o más plantas solares, es una cuestión de que no puedes depender del viento y del sol cuando quieres encender el microondas. Para resolver este problema se necesita una tecnología de almacenamiento masivo que ni está ni se la espera en el corto y medio plazo. Añadamos a todo esto que ya tenemos una fuente de energía fiable, que no tiene emisiones, y que estamos desmantelándola en vez de expandirla.

– La nuclear.

– Exacto. Pero dices “nuclear” y la gente piensa “Chernobyl” o “Fukushima”. Pero no piensa en las cuatrocientas y pico plantas que hay por el mundo que no han dado un problema. Se han roto muchas más presas en el mundo (provocando muertos por centenares) pero a nadie se le ocurriría pedir que cerraran las centrales hidroeléctricas.

– Bueno, está la parte de la gestión de residuos y su tasa de actividad tan larga.

– Es un tema a considerar, pero contrariamente a lo que se piensa una central no produce tantos residuos. Una central en 40 años de operaciones produce la mitad de una piscina olímpica de combustible. Creo que es algo que podemos manejar, al menos mientras la tecnología no nos permita prescindir de ellas. O eso o los franceses son unos inconscientes.

– O sea, que en el cuarto punto del “paquete” su respuesta es un “sí, pero”.

– Exactamente. Puede que dentro de 20 años ya tengamos centrales de fusión o baterías con capacidades de gigavatios. Pero hasta que eso no llegue no se le puede vender a la gente que todo lo que hay que hacer para evitar el cambio climático es poner más molinos, olvidarnos de la nuclear y andar en bicicleta. Por no hablar de que construir y transportar molinos y plantas solares tiene una huella de carbono y un impacto ambiental también. Más eficaz que todo eso es plantar árboles que absorban CO2. De hecho, Europa es un continente cada vez más verde, empezando por España, entre otras cosas porque cada vez vive más gente en ciudades y el bosque, dejado a su albedrío, va a su bola y crece la masa vegetal. Pero eso no lo verás abriendo un telediario.

– Entonces, ¿cómo cabría definir su postura? Negacionismo exactamente no es.

– Podríamos llamarlo “agnosticismo climático”, quizás. Si crees en los valores del Evangelio pero dudas de los dogmas católicos y no estás seguro de que Dios exista, quizás no seas ateo pero creyente-creyente tampoco. Ahora bien, como en toda religión el creyente hipermotivado es más peligroso que el agnóstico. Y ahí hemos llegado a la madre del cordero.

– La histeria.

– Exacto. Las fotos fueras de contexto, los pánicos colectivos, las admoniciones ecologistas predicando la venida del armagedón, la satanización del transporte, los tuits de “vamos a morir” cada vez que pasamos de los cuarenta grados. No, mire usted, si la temperatura media del planeta ha aumentado un grado en un siglo largo, que en su pueblo estén a 45 grados no es síntoma de nada, incluso aunque no sea frecuente. Por poner un ejemplo: en Sevilla llevamos varios veranos relativamente suaves. Cuando yo era pequeño se sobrepasaban los 40 grados continuamente entre junio y septiembre. Pero yo no me atrevería en la vida a decir que el planeta se está enfriando por eso si no veo los datos globales en un tiempo largo. Otro ejemplo más de moda: los incendios del Amazonas están más o menos en la media de años anteriores, pero de repente este año hemos decidido llevarnos las manos a la cabeza. Qué casualidad.

– O sea, le asustan más las personas que el clima.

– Toda esta histeria es el caldo de cultivo perfecto para una amenaza más plausible y más peligrosa en el corto plazo, y es caer en una especie de calvinismo climático. O compras el paquete completo o eres peligroso. Y la gente que está asustada tiende a buscar culpables. Hay políticos con cargo que hablan ya de “refugiados climáticos”. O episodios en series dedicados a una isla que desaparece en el mar por una tormenta provocada por el cambio climático (Madam Secretary). No, mira, no. Cuidar el planeta está muy bien, minimizar la contaminación, tratar los residuos adecuadamente, reforestar, vigilar la diversidad de flora y fauna, etc. Lo de la sostenibilidad y tal. Pero no acojonen ustedes al personal constantemente mezclando churras con merinas, que estas cosas no suelen acabar bien.

– ¿Y qué me dice de las vacas?

– Que me gustan mucho, sobre todo las gallegas. Lamento que cada vez haya menos en el pueblo de mi padre, además de pequeño las veía tirando de los carros de madera tradicionales – los que “cantan” – y molaba tela. Como este.

Resultado de imagen de carro gallego vacas

– Le agradezco el inciso cultural a la par que gráfico, ahora responda la pregunta.

– El ganado vacuno, por su forma de digestión, emite metano (por la boca básicamente, no por el culete). Pero ese metano en general lo absorben las bacterias del suelo. Aquí lo explica muy bien @Luis_I_Gomez (twitter). Antes de la expansión hacia el Oeste de los estadounidenses, había casi 100 millones de bisontes, de los cuales quedaron dos y el apuntador. Pero, que sepamos el clima no se enfrió.

– Eso último es un poco una “boutade”.

– Claro, sólo es para que se vea es que a esto podemos jugar todos.

– Unas últimas palabras, si le parece.

– ¿Me va a asesinar?

– Provocaría un agujero en el continuo espacio-tiempo, mejor otro día.

– Pues a ver, por resumir. Creo que en esto, como en todo, hace falta pragmatismo. Utilizar lo que hay disponible en cada momento de forma racional, evaluar con precisión los costes de las políticas que se aborden para que no sean contraproducentes (no estamos en el mismo punto los europeos que los africanos, por ejemplo) y, sobre todo, no manipular a la gente. El objetivo en el largo plazo me parece loable.

Entran unos enfermeros.

– Veo que le traen la medicación. Le dejo en paz.

– Estupendo, a ver si se me va curando lo de la doble personalidad. Recuerdos a la familia.

– De su parte.

Y ya, sin más, dejamos a Loretta tranquila y despedimos la conexión desde el frenopático. Paz, amor y croquetas.

 

Que vuelva “La clave”

Seguramente a los millennials no les suene de nada cierto programa que se emitió en TVE durante la Transición hasta bien entrados los 80 – con una secuela en los 90 que tuvo menos éxito – llamado “La clave”. O lo que es lo mismo, el mejor programa de debate que se haya producido en España hasta el momento. El formato era sencillo: primero se emitía una película relacionada de alguna manera con el tema que iba a tratarse y posteriormente se hacía un coloquio. La película era la excusa – y solía ser muy buena – pero lo que importaba de verdad era lo que venía después.

Había cuatro elementos esenciales que aseguraban el éxito:

1) José Luis Balbín, el moderador. Un señor con pipa, cultura, pachorra y tablas que dirigía la conversación sin interrumpir y sin hacerse protagonista.

2) Un solo tema a tratar. ¿Cuántos? Uno. Repito: uno.

3) Invitados expertos.

4) Dos horas de coloquio.

Establecidas las premisas del programa es fácil deducir qué es lo que NO tenía “La clave”: tertulianos, comentaristas de “reality”, ex-concursantes de Gran Hermano, presentadores estrella, politólogos, folloneros, concursos, vulgaridad, público. Es decir, tan importante era lo que sí tenía como lo que no le sobraba.

Por supuesto, por “La clave” pasaron políticos de primera fila pero el marco era intrínsecamente constructivo: debatían un número limitado de personas, con conocimiento de causa, tiempo suficiente y sin dispersiones temáticas. Eso obligaba a dialogar y a afinar en los razonamientos y en los datos pero sin la presión de un público con regidor pendiente de los “zascas” y las frases estereotipadas de cara a la galería porque, entre otras cosas, no había galería.

En “La clave” no habrían tenido sitio los ristos, los évoles, los marhuendas, las raholas, los kikomatamoros, los gabrieles rufianes, los indas, las elisabenis, las karmeles ni, en fin, nada de esa fauna que identificamos como comunicadores, tertulianos o polemistas. Tampoco había interrupciones mutuas o del presentador, agresividad o prisa. Especialmente prisa. Con esto quiero decir que en España actualmente no se emite nada ni remotamente parecido. “La clave” era un coloquio, no un guirigay.

El gran drama para los que asistimos al debate público – sea en las redes o en los medios tradicionales – teniendo ya unos años y ciertas lecturas es constatar que en realidad ningún tema es argumentado hasta sus últimas consecuencias, ni en lo que se refiere a los datos ni a las conclusiones lógicas que se derivan de ellos. La inmensa mayoría de las polémicas consisten en arrojarse memes a la cabeza, sin escuchar ni escucharse, y en ello caen tanto los políticos como los periodistas pero también los ciudadanos de a pie. Eso sólo lleva a los compartimientos estancos y las trincheras, se jalea lo propio y se ignora lo ajeno. De ahí salen la posverdad (la mentira a trozos), la crispación y la ausencia de verdadero diálogo. De ahí sale, en fin, el protagonismo de muchos personajes de inteligencia limitadísima pero mucha vehemencia y, al mismo tiempo, la paradoja de que la gente verdaderamente brillante es tomada en un plano de igualdad con los idiotas: si no nos gusta lo que dice la metemos en la trinchera contraria a la nuestra y aquí paz y después gloria. Y no: no todas las opiniones son igualmente respetables, lo único respetable es el derecho de opinión.

Necesitamos un espacio público de debate donde las ideas se expongan, las posturas razonables se expliquen con claridad y tiempo y las que no lo son queden en evidencia. Ese espacio no es el Parlamento, no son las redes y desde luego no son los programas actuales de ninguna televisión. De hecho, con la configuración de prime time actual, no creo que ninguna emisora privada estuviera interesada en escuchar a cinco o seis invitados charlar durante dos horas de un solo tema. Las autonómicas son irrecuperables en su mayoría, con casos particulamente sangrantes, pero aún así su difusión se limita a su territorio. Por tanto, la única posibilidad sería TVE, que además no tiene publicidad porque se la pagamos entre todos y que al fin y al cabo no deja de ser un servicio público nacional.

¿Soy un idealista? Quizá. Pero creo que España necesita “La clave”. O algo como “La clave” que nos eleve por encima del barro diario. La verdad no es algo tan relativo como solemos pensar, lo único es que con frecuencia hay que ir a buscarla juntos, como decía Machado. Y eso incluye dejar al mentiroso, al demagogo y al sectario a la vista de todos. Llamadme loco.

P.D: aunque la tentación de la melancolía es grande, podéis disfrutar de “La clave” en la hemeroteca de RTVE. Por ahorrarles tiempo y esfuerzo, aquí les dejo el enlace directo, aunque no están todos los programas. También se pueden encontrar por Youtube.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-clave/

P.D: ayer, por recordar un poco antes de escribir esto, vi el programa sobre el Valle de los Caídos. Y uno tiene la conciencia de ver un documento histórico: una foto de la España de 1983 con personajes que ya eran viejos entonces. Ya no se habla el castellano así, ni hay nostálgicos de Franco como los que aparecen, ni se concibe que un contertulio se tome cinco minutos en explicar lentamente su punto de vista citando libros. Datos curiosos: todos los invitados salvo Balbín ya han fallecido; lo mucho que se parece la voz de Damián Rabal a la de su hermano Paco; la gente fumaba en un plató. Este programa es, literalmente, “la voz de los muertos”.

Mi amigo el “indepe”

Carlos es catalán, hijo de emigrantes andaluces. Su nombre sigue siendo “Carlos”, aunque hay gente de su entorno que le sugirió que utilizara “Carles” pero a él le parece una tontería: “mis padres me pusieron Carlos y Carlos me llamo”.  Me lo encuentro con cierta frecuencia en los cursos corporativos de mi empresa, esos que se hacen para ir motivados a trabajar aunque nos hagan un ERE cada dos años. Así que el hombre se empeña en que compatibilicemos el estar jodidos con estar contentos, con no demasiado éxito. Al menos le pone entusiasmo.

Como yo soy malísimo para hablar del tiempo, la última vez que coincidimos en un curso  – la semana pasada – no me pude resistir y le saqué EL TEMA. El caso es que no me mandó a freír puñetas. Lo que viene a continuación es una transcripción más o menos libre de la conversación.

– ¿Tú eres catalán, verdad?

– Sí. No te andes con rodeos que ya lo sabes (me sonríe levantando una ceja).

– Bueno, entonces la pregunta real es …

– ¿Si soy independentista? Sí. ¿Te supone un problema?

Me quedo pensando.

– No. De hecho, me vendría bien tu opinión porque hay demasiadas cosas que no entiendo.

– Vale, dispara.

– Lo primero: ¿por qué eres independentista?

Lo piensa un poco. Mira al techo. Y luego me dice esto:

– Pues mira, no tengo nada en contra de España ni de los españoles. Mis padres son uno de Córdoba y otro de Lérida, con lo que la mitad de mi familia vive fuera de Cataluña y yo los visito regularmente. Simplemente creo que a Cataluña le iría mejor por su cuenta. Por otro lado, en lo relativo a los sentimientos, yo me siento catalán y sólo catalán, con independencia de lo que ponga mi DNI. Básicamente ese es el tema. Si estuviera en mi mano, prefiero un estado propio para Cataluña. Eso es todo.

– Bueno, a mí me parece muy razonable eso que dices. No lo comparto, obviamente, pero lo puedo entender. Entonces ya sabes qué pregunta viene ahora.

– Que qué pienso de todo esto del “procés”. ¿Me equivoco?

– No.

– Pues mira, me parece un disparate. Lo mismo que a ti, supongo.

Resisto mis ganas de abrazarlo.

– Pues chico, no sabes la alegría que me das. Pensé que no había independentistas así.

– Pues ya conoces uno. A ver, todo el proceso ha sido un movimiento populista de libro y está muy relacionado con la crisis económica de hace unos años. Había que buscar un culpable y lo fácil era señalar a España. Es verdad que Omnium y ANC ya eran dos organizaciones potentes, pero los políticos decidieron no sólo sumarse al carro sino coger las riendas. Luego creo que perdieron el control y ha sido el carro el que se los ha llevado a ellos por delante.

– O sea, que no lo atribuyes por ejemplo a la sentencia del Estatuto por el TC.

– No, de hecho si haces caso al CIS catalán la subida grande del sentimiento independentista empieza un año después, cuando ya se han ido calentando las diadas y el discurso de Artur Mas. Luego ya la cosa fue degenerando en esta mezcla explosiva de victimismo, supremacismo y melaza sentimental en la que nos encontramos.

– ¿Entonces qué opinión te merece lo de septiembre y octubre de 2017?

Mira al techo otra vez y me contesta.

– A ver, lo que ocurrió en el Parlament durante septiembre (las leyes de desconexión y demás) no hay por donde cogerlo jurídica y legalmente. Eso te lo concedo. Ahora bien, yo fui a votar el 1 de octubre porque considero que era una buena oportunidad mediáticamente hablando para tener visibilidad internacional.

– O sea, que no votaste pensando que el resultado iba a ser vinculante.

– Era una votación sin ninguna garantía legal y prohibida por los tribunales. Yo me lo tomé como una especie de “performance democrática” para que se viera que muchos catalanes queremos irnos de España. Y creo que no fui el único.

– ¿Y entonces que opinión te merecen las intervenciones de la Policía y la Guardia Civil?

– Que es el mayor error que ha cometido el estado español en todo esto. Ese día perdió la batalla mediática y le va a costar mucho darle la vuelta.

– Pero a ver, había un mandato judicial donde se exigía que se impidieran las votaciones.

– Cierto, pero creo que lo inteligente – una vez visto que los colegios estaban todos ocupados y que la gente no se iba a marchar de buen grado – habría sido renunciar a intervenir argumentando que había que evitar males mayores. No sé quién en concreto debería haber tomado esa decisión, pero como digo fue una derrota para el estado español. No culpo a los policías, digo que esas imágenes nos vinieron estupendamente. Entre un yayo haciendo cadena humana y un antidisturbios con casco y porra siempre gana el yayo.

– ¿Y el mensaje del Rey el 3 de octubre?

– Supongo que dijo lo que tenía que decir en atención a su cargo pero comprenderás que a mí lo que diga el Rey de España me la trae al pairo.  Y las reacciones en Cataluña fueron las esperadas, no creo que nadie en su fuero interno esperara sinceramente que el Rey se fuera a poner “equidistante”. No si quería mantener la corona. Ahora mismo el Rey es persona non grata en Cataluña y eso va a seguir así por mucho que venga a visitarnos.

– ¿El 155?

– Poniéndome en el pellejo del gobierno español lo que no entiendo es que no lo aplicaran antes (se descojona). Se habrían ahorrado disgustos. Aún más me sorprendió que convocaran elecciones tan pronto, era evidente que íbamos a ganar los independentistas otra vez. Y dejar TV3 a su bola … eso ya es para nota. Pero bueno, allá cada uno con sus complejos.

– Si te digo la verdad, a mí lo que más me sorprende de todo esto es la mediocridad absoluta de los líderes. Forcadell, Rovira, Puigdemont o Torra no tienen ni media hostia intelectualmente hablando. Creo que no hace falta ser no independentista para darse cuenta.

– A ver, el último coco verdaderamente pensante fue el de Pujol. Los cuatro que citas no hay por donde cogerlos. Junqueras o Cuixart tienen otro nivel, pero vamos, en línea con los políticos nacionales, que tampoco es que estéis vosotros para tirar cohetes.

– Desde luego que no. Pero al menos no van por ahí diciendo que hay presos políticos y exiliados.

– Iglesias lo dice. Por lo demás, soy de la opinión de que honestamente pensaron que el estado español no iba a intervenir, que podían jugar indefinidamente a la dualidad “esto es simbólico” y “esto no tiene marcha atrás” simultáneamente. Ahora les extrañan los platos rotos. Un estado moderno se defiende siempre. Podrá tardar más o menos, pero lo hace.

– Supongo que por eso no tienes un lacito en tu perfil de Twitter.

– Por eso y por más cosas.

– ¿Ves alguna salida al follón?

– Pues a ver … la salida que a mí me gustaría la veo difícil: que los partidos catalanes exigieran una reforma constitucional que permita un referéndum de secesión, que a ese carro se sumaran dos tercios del parlamento y que esa reforma fuera finalmente aprobada en votación por todos los españoles porque evidentemente una teórica independencia catalana les afecta de muchas maneras. Pero eso no va a ocurrir en el corto o medio plazo.

– ¿Entonces?

– Entonces lo que nos queda es seguir controlando TV3, esperar a que la política de inmersión en la escuela siga haciendo su efecto, seguir ganando elecciones y, en unos años, cuando el independentismo sea absolutamente mayoritario en Cataluña llegar a un punto donde la presión para el estado central sea tal que esa reforma se produzca y que el que se oponga a ella se considere un estorbo para la convivencia. Ese es el plan, a mi entender. Y es para el largo plazo.

Ahora soy yo el que se queda mirando al techo.

– Al menos veo que crees que el respeto a la ley es importante.

– Si un político dice que votar está por encima de las leyes está cavando su propia tumba. El “rule of law” es la base de un estado democrático, lo que te vincula con los derechos y obligaciones colectivas. Si eso se rompe, que Dios nos pille confesados. Y bueno, España no será mi país pero sí es el estado al que pertenezco. Y no quiero vivir en un estado gobernado asambleariamente. Si muchos españoles se pusieran de acuerdo para votar por abolir las autonomías tendríamos el mismo problema.

– Total, que tú defiendes esperar a ver pasar el cadáver de tu enemigo, como dice el refrán.

– De tu enemigo, no. De tu adversario, quizás. Y siempre en sentido figurado, claro.

– ¿Y hasta entonces?

– Pues lo que hemos hecho de toda la vida: tomarnos una cerveza, como estamos haciendo tú y yo. Por cierto, que la Cruzcampo en Sevilla no está nada mal.

– ¿En serio? Me alegro de que te guste.

– No, no es en serio.

Y ahí fue cuando empezamos de verdad a discutir.

 

P.D: esta conversación es imaginaria. Si eres independentista y te sientes reflejado, por favor contacta conmigo y dame un abrazo.

De vez en cuando la muerte

“Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla”.

Este miércoles nos dejó mi tía Isabel. Si existe el Cielo y si yo llego a merecerlo estoy seguro de que la encontraré allí porque el Cielo se inventó para personas como Isabel. Mi tía fue (¿es?) una persona extraordinaria, todo generosidad y sonrisas, siempre dispuesta, siempre a nuestro lado. Mi tía se ha marchado demasiado joven y con demasiado sufrimiento. Y yo aún no sé cómo reconciliarme con ambas cosas. Escribir esto, de alguna forma, es mi manera de intentarlo.

Hay algo extremadamente cruel en las muertes inesperadas, tempranas y dolorosas. Algo que no me atrevo a atribuir a “la voluntad de Dios” – como mis años de catolicismo me enseñaron – porque me dibuja un Dios arbitrario, incomprensible y despótico. A mí y a cualquiera que haya pasado por trances similares o aún peores. Sí, la maldad humana existe pero las desgracias también y si se las atribuimos a la voluntad divina cogemos el camino más directo hacia el agnosticismo. No puedo cantar ni quiero a un Dios que está detrás de lo malo que nos ocurre por acción u omisión, porque es un Dios al que no le puedo rezar. Sólo la esperanza en un Dios que sufre con el que sufre, que nos ama y que en otra vida compensa este sufrimiento me separa del ateísmo completo. El “credo quid absurdum” de Tertuliano.

He pasado muchas horas con mi tía en el hospital. Días malos – muchos – y días regulares y buenos. Los segundos, paradójicamente, han sido los más crueles si los miro en perspectiva porque no hay nada más cruel que la esperanza en una historia que al final acaba mal. Y hemos tenido esperanza durante tres meses. Ahora lo que nos queda es la pena y el estupor y el recuerdo de lo que parecía ser y no fue.

También he aprendido a palos que morimos solos. La muerte es un hecho absolutamente individual. Aunque los familiares acompañemos, cojamos manos, contemos chistes, limpiemos o demos de comer al enfermo existe un muro de cristal entre él y tú. Uno se vuelve a casa con su mujer y sus hijos pero el enfermo no puede escapar. Tiene que enfrentarse a sus dolores, a los pinchazos, a las intervenciones a vida o muerte, a las horas de UCI, a sus miedos. Y el familiar no puede hacer absolutamente nada para librarlo de ese calvario. Sólo puede estar a su lado cuando lo dejan, que es mucho pero que es muy poco. También puede rezar pero, como ya habréis intuido, yo (ya) no sé hacerlo. Una oración llena de condicionales no es oración. No. Morirse es una mierda.

Tita, yo quiero creer que estás en un lugar mejor. Y que quizás estés leyendo esto de alguna manera. He sido afortunado de conocerte y conmigo todos los que te hemos tratado y querido. No te merecías irte así. Siempre estarás en mis pensamientos. Te querré siempre, siempre, siempre. Y espero que nos volvamos a encontrar para darte no el último beso que te di el martes sino el siguiente. Descansa en paz. Descansa, querida mía, que yo no puedo.

Centro facha

Seguramente conocerán ustedes estas encuestas relativamente fáciles de encontrar por internet que te ubican ideológicamente según un sistema de coordenadas. Los más habituales suelen reflejar la parte ecónomica en el eje X (más liberal hacia la derecha, más “estatalista” hacia la izquierda) y la sociopolítica en el eje Y (más conservador hacia arriba, más progresista hacia abajo). Hay varias versiones, pero en cualquiera de los casos que he probado yo estoy muy cercano al centro de coordenadas, tirando ligeramente a la izquierda. No es que yo necesite hacer una encuesta de estas para saber dónde me ubico pero me ha servido para confirmar que efectivamente mi percepción subjetiva y la realidad estadística coinciden bastante.

En términos más intuitivos para un lector español sirva de muestra este “collage”:

  • A mi “derecha”: el PP, Vox, ABC, La Razón, Carlos Herrera, Jiménez Losantos, Antonio Burgos, Alfonso Ussía, la Conferencia Episcopal, Aznar, cierta Elvira Roca.
  • A mi “izquierda”: este PSOE, Podemos, La Sexta, El Gran Wyoming, el ultrafeminismo, Jordi Évole, El Jueves, Joaquín Estefanía.
  • En mi zona de confort: bastantes políticos ya retirados del PSOE (Felipe González, Alfonso Guerra, Joaquín Leguina, Nicolás Redondo Terreros, etc.), Borrell, Savater, Muñoz Molina, Carlos Alsina, Ciudadanos (hace unos años), Politikon, Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Andrés Calamaro, cierta Elvira Roca.
  • En donde sea, pero lejos: Torra, Rufián, Echenique, Barbijaputa, Puigdemont, Beatriz Talegón, Gallifantes, Valtonyc, Público, Antón Losada, Rahola, Willy Toledo.

¿Nos ubicamos ya? Bien, ahora la triste realidad: con un perfil semejante al mío usted es facha, al menos en las redes sociales. Por dos motivos: el peso mediático de la “izquierda” es superior al de la “derecha” y la “izquierda” se ha vuelto populista. En consecuencia, si usted es un convencido de que las bases de una sociedad democrática moderna son las leyes, las instituciones y el ciudadano individual – en igualdad de derechos y obligaciones con el resto de compatriotas – tarde o temprano descubrirá que es facha.

En consecuencia:

Si a usted no le molesta la monarquía porque considera que ha funcionado razonablemente bien y que la salud democrática de un país desarrollado no depende de que sea monarquía o república es usted facha.

Si usted no se avergüenza de ser español y percibe que vive en un país normal, perfectamente homologable a los de su entorno, es usted facha.

Si usted considera que a las instituciones hay que respetarlas y que todos los ciudadanos deben ser iguales ante la ley – sin atender a sexo, creencia o cargo – es usted facha.

Si usted cree que el papel de España en América es bastante más parecido al de los romanos que a los belgas en el Congo o al general Custer en las Colinas Negras es usted facha.

Si usted detecta que cierta izquierda le tiene bastante más tirria a la iglesia católica que al islam radical es usted facha.

Si usted confía más en los jueces  y la presunción de inocencia que en la “justicia popular” es usted facha.

Si usted cree que España es un país excelente para nacer mujer es usted facha.

Si usted cree que Franco murió hace 43 años – y el franquismo con él – es usted un facha peligrosísimo.

Si usted cree que “luchar contra el cambio climático” apagando centrales nucleares es estúpido, usted es facha.

Si usted cree que el concepto de “apropiación cultural” es una gilipollez, es facha.

Si usted cree que una región no se puede independizar de España sin que haya una modificación constitucional votada por todos los españoles es usted facha.

Si usted sostiene, en definitiva, que la piedra angular de un estado de derecho son las leyes y el respeto a las mismas por parte de todas las instituciones del Estado – nacionales, regionales y locales – y que si éstas no satisfacen al conjunto de la ciudadanía deben ser cambiadas por el legislativo con los votos necesarios es usted más facha que Girón de Velasco.

Y es usted facha porque ser facha hoy día es simplemente estar a la derecha de la izquierda más radical, populista y descebrada. Un concepto vaciado de todo sentido, una entelequia, una soplapollez, un adjetivo inane. O, dicho más sencillamente, un sinónimo de “tecnócrata”. No sufra por ello, pues.

Be facha. Be proud. Proud to be facha.

Los políticos no te hablan a ti

Hay ciertas cosas que uno aprende a partir de los cuarenta. Al menos yo. Si los años no te hacen más sabio es que algo estás haciendo mal. Una de esas cosas ha sido valiosa para mi paz de espíritu: aprender a no indignarme con los políticos. Salvo casos extremos, claro, de los que lamentablemente tenemos algunos ejemplos recientes en mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.

El método es relativamente sencillo: hacerte consciente de que el discurso político requiere de suspensión de la realidad, al igual que cuando ves una película. ¿Qué es lo real en este último caso? Los actores, los productores, el director, el dinero de la entrada, la sala, las palomitas si te las comes. ¿Qué es lo RELEVANTE? Las sensaciones que la película provoque en ti, aunque sepas que lo que estás viendo es ficción y que, aunque se base en hechos reales, está dramatizado.

Pues bien, ante el discurso político uno debe ser consciente de que es ficción. A esta conclusión se llega por muchos caminos, pero uno de los que me hizo sospechar a mí personalmente es la súbita conversión de la mayoría de los políticos retirados en seres pensantes y frecuentemente razonables, sea cual sea su signo político. Leerme “Fuego y cenizas” de Ignatieff (eminencia universitaria de fama mundial, fracaso épico como político) también me ayudó a ver las cosas claras. El gran error de Ignatieff fue suponer que podía hablar como político de igual manera que lo hacía a los universitarios. Pero no funciona así la cosa.

La comunicación política juega en la misma liga que la publicidad, no se trata de argumentar sino de vender una marca a un comprador potencial. Por eso usted no debe esperar racionalidad en un discurso político: está intentando hacer una venta, esto es, se dirige a un posible votante. ¿Usted se alteraría con un anuncio que ofrezca un producto que no le interesa? No: simplemente lo ignora. Si el producto le gusta, ¿realmente se cree que le va a proporcionar la felicidad? No, lo compra porque le apetece y ya está. Pues bien, eso es lo que procede hacer con los políticos.

Esa misma gente que da discursos que usted puede encontrar incendiarios y agresivos en sede parlamentaria después se toma un café en el bar del Congreso tan ricamente con el que le ha dado la réplica. Usted no debe cometer el error de quedarse con el disgusto. Al político, al final, lo tiene que juzgar cuando gobierna y administra el presupuesto; repito, por lo que haga y no por lo que diga, incluso en el poder. Añada otra cosa: en esto no le van a ayudar los medios de comunicación. Todos están sesgados. Son espejos deformados. Póngalos en cuarentena y saque sus propias conclusiones. Lo mismo aplica a las redes sociales, donde hay tantos sesgos como personas y más noticias falsas que ciertas. Niéguese por principio a indignarse por vía interpuesta. Piense, filtre, evite las exageraciones o los bulos aunque provengan de gente con la que simpatiza y aunque le gustaría que fueran verdad. Rara vez lo son.

Hay una sola línea roja que no debe permitir traspasar jamás a un político en ejercicio: la voluntad expresa de no respetar la legalidad (ojo: no digo la voluntad de cambiarla, digo la voluntad de transgredir la vigente). Con esos no sólo hay que indignarse, sino echarlos del poder. Si alguien no quiere seguir las reglas del juego simplemente no puede jugar. A esto, al fútbol y a lo que sea.

Para todo lo demás, distancia curiosa de entomólogo. Y cerveza.

Construya su propio enemigo

Hace tiempo que me pregunto por qué a la gente le gusta sentirse víctima. Si fuera un pedantón podría atribuirlo a la herencia católica, aunque es algo extendido igualmente en países protestantes, musulmanes, laicos y medio pensionistas. Por tanto, descartemos la religión de la ecuación. Y por no andarme con más rodeos, creo que hay cuatro motivos que se entrelazan:

  1. Atribuir tus problemas a un opresor externo.
  2. Situarse en un plano moral implícitamente superior (me oprimen porque soy mejor).
  3. Considerarse a uno mismo como alguien que lucha contra la injusticia (a coste cero).
  4. Formar parte del colectivo que “lucha” contra el mismo “enemigo”.

Seamos claros: lo opuesto a una persona que se siente víctima no es un opresor sino simplemente alguien que no se siente oprimido (y que automáticamente se convierte en “cómplice”). Los grandes debates que uno encuentra a día de hoy en el candelero de las redes sociales se sostienen entre estos dos grupos. Spoiler alert: yo no me siento oprimido/a salvo por los hijoputas de los romanos, a pesar de que nos hayan dado el latín, las alcantarillas, el acueducto y demás (por eso he viajado recientemente a Roma en misión secreta).

Bueno, que pierdo el hilo. El caso es que esto de sentirse víctima no tiene más que ventajas: entretiene, sirve para hacer piña, te convierte en luchador por la justicia y el bien universales y, por qué no decirlo, permite soltar la bilis. Todo ello desde de la cómoda tranquilidad del hogar con WIFI o, si ya somos de los verdaderamente comprometidos, pancarta en mano por las calles de nuestra ciudad.

Porque, a ver. ¿Tiene usted sanidad? Sí. ¿Tiene usted educación? Sí. ¿Tiene móvil con datos? Sí. ¿Tiene carreteras, hospitales, aeropuertos, becas Erasmus, cerveza, agua corriente, electricidad? Sí. ¿Tiene usted tribunales a los que recurrir, policía y bomberos a los que llamar? Sí. ¿Come usted – más o menos – tres veces al día? Sí. ¿Vive en un país en el que la legislación no permite discriminaciones por razones de sexo, credo o raza? Sí. En caso de conflicto militar, ¿tiene usted que ir a pegar tiros? No. ¿Puede usted irse de copas con los amigos con la razonable seguridad de que no le van a pegar dos tiros para quitarle los zapatos? Sí. ¿Tiene usted medios de transporte públicos o privados para desplazarse? Sí.  ¿Tiene usted derecho a subsidio de desempleo o a pensión? Sí. ¿Puede usted votar regularmente para elegir a sus representantes? Sí. Felicidades: pertenece usted al 10% más privilegiado del planeta, de esta época y de cualquier otra en la historia. Pero eso está carente de épica, admitámoslo. A usted lo que le mola es sentirse oprimido, dotar de un sentido más elevado su existencia. No hay problema: construya un enemigo.

Si es usted mujer, está rodeado de violadores. Si es usted de izquierdas, está rodeado de franquistas. Si es usted de derechas, está rodeado de soviets. Si es joven, está rodeado de pensionistas que no saben votar. Si es usted pensionista, está rodeado de políticos malvados que no quieren subir la pensión con el IPC. Si es usted trabajador, está rodeado de IBEX 35. Si es usted empresario, está rodeado de sindicalistas. Si es usted ciudadano de un país al borde del rescate, está rodeado de BCE, FMI y hombres de negro. Si es usted catalán, está rodeado de españolazos que quieren quitarle lo suyo. Si es usted republicano, está rodeado de reyes felones. Y si no lo ha notado todavía es porque es usted un puto DISIDENTE. Por tanto, identifique a su opresor, a ser posible que ya esté muerto. Y si no lo encuentra, invéntelo. Y una vez encontrado, júntese con otros que se sientan tan oprimidos como usted. Filtre al resto, ignore las estadísticas, lea lo mismo que ellos, mire las mismas cadenas de televisión. Y recuerde que el que no le dé la razón es algo peor que un enemigo: es un colaboracionista del sistema. Al enemigo, ni agua.

P.D: todo esto lo cuenta mucho mejor  en este artículo.